Definen los trastornos mentales maternos y de sus hijos de 6 a 59 meses, habitantes de países empobrecidos
African Journal of Primary Health Care & Family Medicine (PHCFM) Harare, Zimbabwe 10 Octubre, 2026

Los síntomas de trastornos mentales comunes en madres de niños de 6 a 59 meses, aparecen asociados con un deterioro de las prácticas de cuidado infantil y con peores resultados nutricionales, como retraso del crecimiento y emaciación. Incorporar la detección y el apoyo en salud mental materna a los servicios habituales de atención maternoinfantil del primer nivel podría mejorar tanto el bienestar de las mujeres como el crecimiento y la nutrición de sus hijos.

El artículo que publica la revista African Journal of Primary Health Care & Family Medicine (PHCFM) * examina las asociaciones entre los síntomas de trastornos mentales comunes (TMC) maternos, las prácticas de crianza y de utilización de servicios preventivos, y el estado nutricional de niños de 6 a 59 meses en las provincias de Manicaland y Matabeleland Sur, Zimbabwe. La investigación aporta evidencia local para orientar intervenciones integradas de salud mental materna y nutrición infantil en la atención primaria, ámbito en que los datos disponibles resultan escasos.

Salud mental y nutrición
Los TMC abarcan cuadros no psicóticos como la depresión, la ansiedad y los trastornos somatomorfos, y figuran entre las principales causas de discapacidad en el mundo. Las mujeres presentan aproximadamente el doble de riesgo que los hombres, con una prevalencia particularmente elevada en el período perinatal, desde el embarazo hasta el primer año posparto, instancia en que aumentan las expectativas y las responsabilidades. La carga de síntomas alcanza el máximo nivel hacia el final de la gestación y en el puerperio temprano; tiende a disminuir a medida que el niño crece.

En los países de ingresos bajos y medianos, la frecuencia de TMC maternos supera a la observada en las naciones de altos ingresos, como reflejo de una mayor exposición a la pobreza, la inseguridad alimentaria, la violencia de pareja, el escaso apoyo social y una elevada carga de cuidado. La desigualdad de género, los embarazos no planificados, el acceso limitado a servicios perinatales y de salud mental, y los antecedentes psiquiátricos agravan la vulnerabilidad. 

Durante la primera infancia, el niño depende casi por completo de su cuidadora principal, por lo general la madre, para sobrevivir, alimentarse y recibir estimulación. Los TMC pueden reducir la capacidad de respuesta materna e incidir en varios factores contraproducentes que comprometen el crecimiento: inicio tardío de la lactancia, menor producción de leche,  introducción precoz de alimentos sólidos y atención insuficiente.
La visible relación bidireccional queda de manifiesto en el malestar psicológico que perjudica la nutrición infantil, y el hijo desnutrido o enfermo que agrava los síntomas de la madre.

La desnutrición contribuye a más de la mitad de las muertes de menores de 5 años, y África concentra el 43% de los niños con retraso del crecimiento. Sin embargo, la mayoría de las investigaciones africanas evaluaron un único resultado, emplearon pocas veces programas locales validados, como el Shona Symptom Questionnaire (SSQ), y rara vez analizaron los síntomas como variable continua.

Diseño y hallazgos
Los investigadores realizaron un análisis secundario de datos procedentes de un trabajo de casos y controles apareados, de base domiciliaria, con díadas que concurrían a centros de atención primaria.
De los 450 pares cuidador-niño, la muestra final quedó compuesta por 397 díadas de madres biológicas que completaron el SSQ-14, cuestionario conformado por 14 ítems dicotómicos referidos a síntomas depresivos, de ansiedad, somáticos y psicóticos de los 7 días previos.
Un puntaje de 7 o más definió un TMC probable, aunque los modelos de regresión logística multivariable emplearon la puntuación total como variable continua, con ajuste por factores maternos, infantiles y del hogar. Los indicadores antropométricos siguieron los patrones de crecimiento de la Organización Mundial de la Salud.

La prevalencia de TMC probable alcanzó el 34%; el 32,5% de los niños presentaba retraso del crecimiento y el 8,6%, emaciación. Predominaron los síntomas de ansiedad, como la preocupación excesiva (49%) y las dificultades para dormir (47%). Puntajes más altos acompañaron una menor asistencia a controles prenatales, esquemas de vacunación incompletos, menor suplementación con vitamina A y más destete antes de los 12 meses, además de probabilidades notablemente mayores de retraso del crecimiento y de emaciación.
La baja escolaridad materna y de la pareja, el desempleo, el trabajo informal y la mayor paridad elevaron la carga de síntomas. No surgieron asociaciones con la suplementación con hierro y ácido fólico, el parto institucional, el sobrepeso ni la diarrea reciente.

Mecanismos y contexto
La frecuencia de TMC maternos, cercana a un tercio de las madres, coincide con la informada en otros países de ingresos bajos y medianos, donde la pobreza, la inseguridad alimentaria, el escaso apoyo social y las altas exigencias de cuidado sostienen el malestar psicológico perinatal y posnatal.
Investigaciones del sur de Asia y de África subsahariana ya habían vinculado la depresión y la ansiedad maternas con prácticas de alimentación subóptimas, menor uso de servicios preventivos y crecimiento deficiente; el trabajo aporta ahora información específica del Zimbabwe rural.

La fatiga, la dificultad para concentrarse, el retraimiento emocional y la mayor reactividad al estrés propios de los TMC pueden limitar la alimentación receptiva y la constancia en el cuidado. Una madre deprimida o ansiosa tiene dificultades para interpretar las señales de hambre o malestar del niño, situación que conduce a horarios irregulares, menor diversidad de la dieta y abandono prematuro de la lactancia; en algunos casos, tales patrones desadaptativos favorecerían también el sobrepeso. A su vez, la depresión erosiona la motivación y la autoeficacia, con oportunidades perdidas de inmunización, control del crecimiento y suplementación con vitamina A, mientras que la ansiedad puede traducirse en evitación de los establecimientos sanitarios. 

En cuanto a los determinantes, una mayor escolaridad brinda alfabetización sanitaria, acceso a recursos y estrategias de afrontamiento que protegen frente a los síntomas y facilitan la búsqueda oportuna de atención. Por el contrario, la falta de ingresos estables genera estrés crónico y reduce el acceso a apoyos.
La paridad elevada y la presencia de varios hijos pequeños parecen incidir sobre todo en la ansiedad, más sensible que la depresión a las exigencias prácticas de la crianza. En contextos con recursos limitados, todas las cargas mencionadas interactúan con la pobreza y profundizan el círculo entre malestar materno y desnutrición infantil.

Hacia la atención integrada
La salud mental materna, las condiciones socioeconómicas del hogar y la nutrición infantil aparecen estrechamente vinculadas en las provincias rurales de Zimbabwe.
Los TMC, cuadros no psicóticos que figuran entre las principales causas de discapacidad y que afectan con el doble de frecuencia a las mujeres, alcanzaron a un tercio de las madres evaluadas y mostraron relación con peores prácticas de cuidado, menor uso de servicios preventivos y mayor riesgo de retraso del crecimiento y emaciación.
En vista que el niño depende casi por completo de la madre durante la primera infancia, y que África concentra el 43% de los niños con retraso del crecimiento, los hallazgos refuerzan la necesidad de un abordaje integrado de los programas maternoinfantiles.

Los autores proponen incorporar la detección y el apoyo en salud mental a los servicios de rutina del primer nivel, conducta que permitiría identificar hogares con mayor riesgo de cuidado deficiente y desnutrición. LA combinación de la atención psicológica con consejería nutricional y medidas de protección social, junto con la colaboración entre los sectores de salud, nutrición, bienestar social y desarrollo comunitario, ofrecería una vía estratégica para romper el probable círculo continuo de malestar materno y desnutrición infantil.

Para cubrir las brechas señaladas en la literatura, el estudio recomienda nuevas investigaciones longitudinales que capten las fluctuaciones de los síntomas a lo largo del tiempo, ensayos aleatorizados o cuasiexperimentales que confirmen si mejorar el bienestar psicológico materno redunda en beneficios nutricionales sostenidos, y trabajos cualitativos sobre las concepciones culturales del malestar y las barreras de acceso a la atención en salud mental.

Entre las limitaciones, los autores reconocen el uso de datos secundarios de un diseño no orientado originalmente a los TMC, la pérdida del apareamiento y la posible confusión residual por factores no medidos, como la violencia de pareja o el apoyo social. La evaluación en un único momento les impidió inferir causalidad; además, la dependencia de las libretas de salud infantil es probable que haya excluido hogares más desfavorecidos, así como la inclusión exclusiva de madres con niños de 6 meses o más omitió a las que atravesaban el período perinatal.

* African Journal of Primary Health Care & Family Medicine (PHCFM)
Maternal common mental disorder symptoms and child nutritional outcomes: The role of caregiving practices among children aged 6–59 months
Anesu Marume, Moherndran Archary, James January, Saajida Mahomed
15 de septiembre, 2026

 

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