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La reapertura de los colegios genera dudas acerca de los riesgos para los niños y sus entornos
The Washington Post Dallas, EE.UU. 15 Agosto, 2020

Por Ariana Eunjung Cha, Chelsea Janes y Haisten Willis

Las imágenes de pasillos escolares repletos en Georgia y las noticias de pruebas positivas durante el primer día de clases en Indiana y Mississippi detonaron discusiones tensas sobre el riesgo que representa el coronavirus para los niños, y lo que se pierde manteniéndolos en casa, lejos del colegio. El 7 de agosto llegó con nuevos reportes de infecciones entre estudiantes de Georgia, con varias docenas de ellos obligados a cumplir cuarentena en el condado de Cherokee, entre otros lugares.

Por meses, padres y docentes, epidemiólogos y políticos han dado su opinión sobre las muchas preguntas aún sin responder sobre el grado en el que el virus es una amenaza para los niños, y el grado en el que podrían alimentar su propagación.

Un informe de importantes grupos de salud pediátrica reveló que más de 97,000 niños estadounidenses dieron positivo para coronavirus en las últimas dos semanas de julio, cifra que supera el cuarto del número total de niños diagnosticados a nivel nacional desde marzo. Para el 30 de julio habían 338,982 casos reportados en niños desde el inicio de la pandemia, de acuerdo con datos de la Academia Americana de Pediatría y la Asociación de Hospitales Infantiles.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha mantenido repetidas veces que el virus representa poco peligro para los niños. “La verdad es que son prácticamente inmunes a este problema”, dijo Trump el 5 de agosto durante una entrevista.

Luego de ocho meses desde que la Organización Mundial de la Salud recibiera el primer informe de una “neumonía de causa desconocida” en China, sigue existiendo mucha incertidumbre sobre el coronavirus y los niños. Los médicos están más seguros de la poca probabilidad de que la mayoría de los niños expuestos al virus desarrollen una enfermedad grave. Esa opinión está respaldada por un informe publicado el 7 de agosto por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) que concluyó que los niños son menos propensos a ser hospitalizados por Covid-19 que los adultos. Sin embargo, cuando los niños sí desarrollan una enfermedad grave, recae de manera desproporcionada: el mismo informe de los CDC concluyó que los niños hispanos son aproximadamente ocho veces más propensos —y los niños afroestadounidenses cinco veces más— a ser hospitalizados por COVID-19 que los niños blancos.

Los primeros estudios sobre el virus y los niños fueron breves y contradictorios. Sin embargo, la evidencia acumulada sugiere que el coronavirus puede afectar a los niños pequeños de forma diferente que a los mayores. Por ejemplo, los médicos afirman que el síndrome inflamatorio multisistémico vinculado con el virus —conocido como MIS-C—, que se verificó en un pequeño número de niños semanas después de la infección, se manifiesta de forma distinta en niños pequeños que en adolescentes y adultos jóvenes. Los niños pequeños y los que están en edad preescolar diagnosticados con el síndrome tienen síntomas parecidos a los de Kawasaki, una enfermedad de causa desconocida que inflama los vasos sanguíneos. En el grupo de mayor edad, las consecuencias parecen ser más graves. Los médicos lo describen ques e asemeja a un síndrome de choque tóxico que desemboca en insuficiencia cardíaca e incluso la muerte.

Varios estudios sugieren que la adolescencia podría marcar un punto de inflexión en la manera en que el virus afecta a los más jóvenes, además de su habilidad para propagar el patógeno.

Un artículo publicado en julio en la revista JAMA Pediatrics reveló que los niños menores a cinco años con casos leves a moderados de Covid-19 tenían elevados niveles de virus en sus fosas nasales que los niños mayores y adultos, lo que sugiere que pueden ser más infecciosos. Ese estudio, conducido por médicos del Hospital Infantil Ann & Robert H. Lurie de Chicago, utilizó datos de 145 niños a los que se les aplicó la prueba en lugares de autoservicio de esa zona.

Un estudio en Corea del Sur enfocado en la transmisión familiar también encontró diferencias basadas en la edad de los niños. Sin embargo, en un giro desconcertante, el estudio parece llegar a la conclusión opuesta sobre la transmisión que la de los investigadores de Chicago. Los niños menores a 10 años no parecían transmitir el virus con facilidad, mientras que los de entre 10 y 19 años lo transmitían casi del mismo modo que los adultos.

Max Lau, epidemiólogo de la Universidad Emory que rastrea eventos de superpropagación en el estado en colaboración con el Departamento de Salud Pública de Georgia, afirmó que han emergido dos tendencias notables incluso cuando no ha culminado el análisis de datos recientes.

Los estudiosos de la enfermedad detectaron relativamente pocas infecciones entre niños pequeños incluso después de que el estado flexibilizó sus medidas referentes al coronavirus. Los investigadores en otras partes señalaron que no hubo caso alguno claro y documentado de que un niño pequeño detonara un brote. En contraste, los casos de personas entre 15 y 25 años se incrementaron notablemente, lo que sugiere que ellos son los que pueden estar fomentando la propagación del virus.

“Cuando se levantó la restricción de permanecer en casa, ese grupo creyó que podía volver a su vida normal, y eso es lo que percibí”, afirmó Lau. 

En mayo, la secundaria Gymnasia Ha’ivrit de Jerusalén fue el centro de un enorme brote que, según las autoridades de salud pública, sembró la transmisión en otros vecindarios. En junio, un campamento nocturno del YMCA en Georgia fue forzado a cerrar luego de que 260 de los 597 niños y miembros del personal dieran positivo para el virus. Fue un evento que algunos expertos anunciaron como una parábola de lo que puede pasar cuando se le permite a la población joven reunirse sin prestar atención al uso de cubrebocas o el distanciamiento social. En ese campamento, la primera persona en manifestar síntomas y ser enviada a su casa fue un consejero adolescente. 
Otras reuniones entre adolescentes han generado brotes más pequeños.

Sadiya S. Khan, profesora adjunta de cardiología y medicina preventiva en la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern, dijo que las prácticas sociales, y no la biología, son las que podrían explicar por qué los adolescentes y adultos jóvenes parecen estar propagando la infección.

“Son más propensos a andar de un lado a otro. Tienen mayores probabilidades de no haber experimentado ninguna consecuencia”, afirmó Khan. “Se ha concentrado mucho la atención en el hecho de que las personas mayores tienen peores experiencias con el virus. Si eres joven, no se siente tan peligroso, por lo que podrían pensar: ‘¿Para qué ser tan cuidadoso?’”. Khan dijo que le preocupa que los colegios que no obligan a sus estudiantes a usar cubrebocas y cumplir con el distanciamiento social puedan convertirse en laboratorios de eventos de superpropagación que terminen afectando a la comunidad general.

La historia médica nos dice que el rol de los niños en las enfermedades infecciosas no es siempre lo primero que asumimos. En 1960, para responder a un incremento notable de muertes entre los ancianos durante la pandemia de gripe de 1957-1958, el cirujano general de Estados Unidos recomendó la aplicación de vacunas contra la gripe para personas mayores a 65 años. No fue sino hasta varias décadas después que los estudios revelaron que la mortalidad entre la gente mayor podía reducirse vacunando a los jóvenes. En 2002, los CDC recomendaron vacunar a los bebés contra la gripe y, en 2008, expandieron el rango hasta los niños en edad escolar.

Con la pandemia del coronavirus, al igual que con cualquier epidemia, las investigaciones toman tiempo, y los expertos dicen que, inevitablemente, las decisiones que se están tomando para reabrir los colegios se están realizando sin la perspectiva completa del riesgo que el virus plantea para los niños.

Los padres se quedan con la angustiosa y preocupante tarea de evaluar por su cuenta ese peligro potencial. Además, deben sopesar los riesgos potenciales del virus contra las consecuencias económicas, educativas, sociales y de desarrollo de dejar a los niños fuera del aula de clases.

Sindicatos de profesores desde Florida hasta Ohio han protestado los planes de reabrir por completo los colegios, alegando que incluso si unos pocos meses de datos sugieren que los niños no son propensos a sufrir graves enfermedades del virus, todavía son capaces de transmitírselo a adultos vulnerables.

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