La extrema desigualdad se refleja dramáticamente en la atención sanitaria de la primera potencia mundial; mientras unos asisten con comodidad a clínicas privadas o compran el testeo médico en casa, otros deben cumplir largas colas para alcanzar uno. Por un lado, colas de vehículos en el aparcamiento de un estadio para hacerse una prueba de coronavirus; por otra, una exclusiva isla y hogar de las élites con una clínica privada abierta solamente para hacer pruebas rápidas de covid-19 a todos sus residentes y alrededor de mil empleados.
Hay muchos detalles que no se ven en esas imágenes, como que las pruebas en uno y otro lugar son distintas y, por ende, cumplen diferentes funciones, pero ambas evidencian la profunda desigualdad en el acceso a la sanidad en la autodenominada tierra de la libertad.
Fisher Island
La controversia creció después de que el diario The Miami Herald publicara que Fisher Island, uno de los barrios más ricos de Estados Unidos, había decidido comprar miles de tests rápidos de covid-19 al Sistema de Sanitario de la Universidad de Miami (UHealth), una entidad privada.
"Fisher Island pidió a UHealth que les proveyera tests de anticuerpos de Covid-19 para todos sus empleados y residentes", explica a BBC Mundo la portavoz de la isla, Sissy DeMaria.
Fisher Island, pegada a la icónica Miami Beach, abrió un centro para la ocasión y las pruebas se están llevando a cabo, junto a otras medidas de prevención.
Desde UHealth reconocen que su servicio "puede haber dado la impresión de que algunas comunidades recibirían un trato preferencial", pero aseguran que no fue su "intención".
El centro universitario ha estado colaborando con las agencias gubernamentales y de salud pública y llevó a cabo una iniciativa para hacer pruebas de anticuerpos de covid-19 a 3.500 personas al azar en Florida, recogen medios locales.
Pese a ello, la noticia sobre Fisher Island generó rápidamente una oleada de frustración y enfado, ante la escasez de equipos y el acceso limitado a tests.
"Los estadounidenses y, a veces, el resto del mundo, están escandalizados de descubrir que gente muy adinerada puede usar sus recursos para conseguir ventajas cuando tienen una necesidad médica, incluido en una plaga, pero eso siempre ha sido así. Es algo que los estadounidenses parecen tolerar", apunta Arthur Caplan, director de Ética Médica de la Universidad de Nueva York. "Estados Unidos nunca ha reconocido el derecho a la sanidad. Muchos estadounidenses obtienen su cobertura sanitaria a través del trabajo, lo que significa que éticamente tienen que ganársela. Y si dejan de trabajar, la pierden".
El sistema sanitario estadounidense funciona mayoritariamente a base de seguros privados, pero millones de personas no disponen de uno o tienen coberturas insuficientes.
"Cuando no tienes un sistema del que todo el mundo forma parte, entonces existe un menor sentido ético de responsabilidad comunitaria", reflexiona Caplan.
Éticamente "es bastante despreciable usar dinero en el libre mercado para desviar recursos para quien puede pagar y no para quien más lo necesita".
Las autoridades de Florida han instalado ocho clínicas móviles en las comunidades más afectadas, según explican desde el Departamento de Salud a BBC Mundo. Uno de los servicios con mayor demanda se ubica en uno de los aparcamientos del estadio Hard Rock en Miami.
Allí los equipos médicos realizan diariamente los llamados test PCR, que constatan si una persona tiene covid-19, a través de una muestra recogida de la nariz o la garganta y un análisis de laboratorio. Dada la cantidad de personas que acudieron al aparcamiento de Hard Rock, el personal sanitario tuvo que colgar el cartel de cerrado poco tiempo después de abrir las puertas en varios días de la pasada semana. Ello llevó a que aumentaran la capacidad, de 400 test diarios a 750, y se rebajaran los requisitos.
Médicos "a pedido"
No obstante, el de Fisher Island no es el único caso que evidencia las desigualdades en esta crisis sanitaria, de la que Estados Unidos ya es la nación más afectada en número de muertos y contagiados, según los recuentos oficiales. La prensa local recoge, por ejemplo, el caso de una multinacional biomédica en Colorado que decidió comprar pruebas rápidas de anticuerpos de covid-19 para todo un condado, en el que habitan unas 8.000 personas, entre ellas, dos de sus ejecutivos durante una parte del año.
Se trata de una iniciativa inédita en el país, que enfrentó dificultades pero que parecía estar de nuevo en marcha, según un comunicado del gobierno del condado.
En el lujoso barrio de Beverly Hills, en Los Ángeles, se verifican un persistente aumento de consultasdesde el principio de la epidemia. Las pruebas a domicilio incluyen la atención de personas desde sus vehículos.
La clientela se compone de familias o individuos del mundo del entretenimiento o altos ejecutivos,
David Nazarian, uno de los profesionales responsables del servicio, asegura que sus servicios están disponibles para todos a un precio que prefiere no revelar.
El equipo del médico ha realizado pruebas de PCR o de anticuerpos a domicilio o en su clínica móvil, además de para empresas.
"No hay ninguna duda de las desigualdades y desafortunadamente siempre ha sido así. Ojalá no lo fuera. Todo el mundo debería tener acceso a una buena sanidad. Todo el mundo debería poder hacerse la prueba", reconoce Nazarian a la prensa. En su opinión, el Gobierno debería estar haciendo más: "Es lamentable que vivamos en Estados Unidos y nos estemos quedando atrás en capacidad de tests comparado con otros países".
Tras los problemas con los tests al principio de la pandemia, EE.UU. ahora está haciendo unas 150.000 pruebas por día. Pero los mayores expertos en el campo consideran que el número debería ser muy superior: entre los 5 y los 22 millones diarios.
"Este país es un estado fallido", lamentaba un enfermero anestesista de un hospital de Nueva York a principios de abril, revelando uno de los momentos más trágicos de su carrera. El profesional, Derrick Smith, compartió en Facebook las últimas palabras de un paciente de Covid-19 en estado crítico antes de intubarle y conectarle a un respirador. "¿Quién va a pagar por esto?", le espetó el enfermo con visibles problemas para respirar y hablar, y antes de que le dejaran llamar a su mujer.
La dramática escena lleva inevitablemente a la reflexión: ¿provocará esta brutal pandemia un cambio en EE.UU.? "No apostaría por ello", reflexiona Caplan de la Universidad de Nueva York, para continuar: "En Estados Unidos, remarca el experto, las viejas ideas conservadoras pesan: la salud es un privilegio, no un derecho."